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In this Issue - November 21, 2008
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El Día de la Madre y la dignidad de la mujer
    En el mes de mayo, que es dedicado a la Santísima Virgen María, también celebramos uno de los días más entrañables del año: el Día de la Madre. Esta fiesta, creada y promovida por una mujer de profundas raíces cristianas en Estados Unidos, es uno de los más profundos homenajes que se les pueda rendir no sólo a las madres, a nuestras madres, sino a todas las mujeres.

    Nuestro querido Siervo de Dios Juan Pablo II en su carta sobre la dignidad de la mujer, ha explicado de manera muy clara cómo la vida de María puede iluminar la vida de todas las mujeres: “la virginidad y la maternidad coexisten en ella, sin excluirse recíprocamente ni ponerse límites; es más, la persona de la Madre de Dios ayuda a todos —especialmente a las mujeres— a vislumbrar el modo en que estas dos dimensiones y estos dos caminos de la vocación de la mujer, como persona, se explican y se completan recíprocamente”. (Mulieris dignitatem, 17)

    Evidentemente, la forma más natural y habitual de expresar esta vocación de toda mujer es la maternidad física; aquella que garantiza la existencia del género humano y que es la causa inmediata de nuestra existencia; pero no es la única.

    En efecto, la Iglesia ha visto también en la virginidad consagrada, manifestada en tanta y tan diversas familias religiosas y carismas, una manera de hacer realidad el supremo modelo de mujer, Santa María, que fue Virgen y Madre; y que por tanto, encarnó ella misma en su vida, la plenitud de la maternidad.

    El Día de la Madre es una ocasión, por tanto, para dar gracias a Dios por habernos dado la madre que nos trajo a la vida y que nos enseñó a amarlo; y para dar gracias a nuestras madres por todo lo que han hecho por nosotros, especialmente por aquello de lo que nunca fuimos concientes: sus desvelos mientras dormíamos, sus esfuerzos mientras estábamos enfermos, sus esfuerzos por ofrecernos tantos dones que muchas veces recibimos distraídamente y sin agradecer.

    Pero esta celebración es también una oportunidad para impulsar ese “nuevo feminismo” proclamado por el Papa Juan Pablo II, reconociendo la dignidad de la mujer y el valioso aporte que “el genio femenino” — como lo llamó el recordado Papa — implica para la familia, la comunidad y la sociedad.
    Debemos recordar que, a diferencia de un cierto feminismo que comienza a pasar de moda, no sin haber dejado graves daños culturales, los católicos recono-cemos el valor histórico de la mujer en la vida de la Iglesia y la sociedad como un bien complementario a la misión del varón, y no en oposición a él. El predicador del Papa, el Padre Raniero Cantalamessa, dijo durante la pasada Semana Santa que la Pasión del Señor lleva al mundo de hoy a recordar el papel de las mujeres, “que en el Gólgota fueron las últimas en dejar a Cristo moribundo y aquellas a quienes el Señor se reveló primero”.

    El Padre Cantalamessa dijo también que “hoy se discute animadamente quién fue el que quiso la muerte de Jesús: si los jefes hebreos, o Pilatos, o ambos. Una cosa es cierta en todo caso: fueron hombres, no mujeres. Ninguna mujer estuvo involucrada, ni siquiera indirectamente, en su condenación e incluso la única mujer pagana mencionada en los relatos, la esposa de Pilatos, se distanció de su condena”.

    La mujer, bendecida con el don de dar la vida, está naturalmente dotada, como explicaba el Papa Juan Pablo II, para defender la vida, promover la paz y convertirse en agente de reconciliación en la familia y en el mundo.
    En este Día de la Madre, pidamos a nuestra Madre universal, la Virgen María, que bendiga abundantemente a todas las mujeres, especialmente nuestras madres; y oremos para que nuestra sociedad sepa valorar y respetar a toda mujer; y que sepa abrirse a los numerosos dones que ella tiene para ofrecer en la familia, al interior de la Iglesia y en nuestra sociedad.



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