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In this Issue - November 21, 2008
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A través de los ojos de la fe
    Vivimos en un tiempo de incertidumbres, en que muchas personas están hambrientas de señales que afirmen su fe y les dé esperanza. En las semanas pasadas hemos escuchado noticias de supuestas estatuas que lloran, de un cuadro de la Virgen María que aparentaba sangrar, y hasta una imagen en un árbol que a algunos les parecía Jesús. Esas noticias han atraído a multitudes de curiosos y a otras personas buscando una manifestación de la presencia de Dios entre nosotros.

    El anhelo por tener señales no es novedad. En el Evangelio de San Juan, después que Jesús transformó el agua en vino en las bodas de Caná, se le acercó un hombre que tenía un hijo enfermo. Jesús le dijo: “Si no veis señales y prodigios, no creéis”. (Jn 4:48)

    Parece ser que a veces necesitamos señales externas dramáticas para creer que Jesús todavía está con nosotros y que tiene el poder de transformar y sanar nuestras vidas. Sin embargo, San Pablo en su carta a los Tesalonicenses nos advierte: “examinadlo todo y quedaos con lo bueno”. (1 Tes 5:21)

    ¿Cómo examinamos esas cosas? ¿Cómo sabemos que lo que vemos realmente viene de Dios? La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe ha establecido normas para ese discernimiento, y deja la responsabilidad y discreción de conducir una investigación al obispo local. El proceso es designado para determinar si lo que ha sucedido es algo realmente milagroso, comprobar la autenticidad de las personas que declaran el supuesto milagro, la solidez teológica de cualquier mensaje que es comunicado, y si el mensaje alienta a una respuesta espiritual positiva.

    San Pablo también exhorta en la carta a los Tesalonicenses: “No extingáis el Espíritu”. El hecho de que las personas dicen que creen ver las maravillas de Dios y de su Santísima Madre en esos eventos, una vez más, muestra qué tan intenso es el deseo que tienen las personas de ver las señales de Dios en su vida. Lo que la iglesia propone no es silenciar ese deseo, sino ayudar a guiarlo hacia la verdad.

    Anhelamos percibir la dulce fragancia del milagro en el cerro del Tepeyac, experimentar las aguas curativas de Lourdes y escuchar la voz de Nuestra Señora de Fátima. Es parte de nuestra naturaleza buscar lo milagroso en medio de lo ordinario. ¿Quién jamás se imaginaría que Dios podría ser encontrado en un pesebre? Sin embargo, debemos examinar lo que nuestros ojos ven, para asegurarnos de que lo que veneramos es verdadero y viene de Dios.

    En el evangelio de San Juan, Jesús nos dice: “Dichosos los que no han visto y han creído”. Jesús está diciendo que se da cuenta de que nuestra fe es probada cada día. Él entiende lo difícil que es para nosotros tener la certeza que tuvo Santo Tomás cuando dijo: ¡“Señor mío y Dios mío”! (Jn 20:28-29)

    En nuestra búsqueda por milagros que fortalezcan nuestra fe, no podemos olvidarnos de buscar en el sacramento de la Eucaristía. San Francisco de Asís, comentando sobre lo que nuestros ojos ven cuando miramos a la Eucaristía, dijo: “Así como Jesús apareció a los santos Apóstoles en carne verdadera, él quiere que lo veamos en el pan consagrado. Mirándolo con los ojos del cuerpo, vieron solo su carne, pero mirándolo con los ojos del espíritu, creyeron que él era Dios. Así también nosotros, cuando miramos al pan y al vino con nuestros ojos corporales, veamos y creamos firmemente que es su Preciosísimo Cuerpo y su Preciosísima Sangre, viva y verdadera”.

    En mis últimas columnas he comentado el reciente documento de los obispos de los Estados Unidos sobre cómo prepararnos para recibir la sagrada Comunión. Al final del documento los obispos nos dicen: “Que siempre nos acerquemos a este misterio con la reverencia, admiración y amor debidos al santo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, quien está entre nosotros y viene a habitar en nosotros, haciéndonos santos como él mismo es santo”.

    Cada vez que vamos a Misa, cada vez que recibimos la sagrada Comunión, podemos ver, con los ojos de la fe, la mayor aparición de todas. En estos tiempos de incertidumbre, podemos tener la seguridad de que no estamos solos y de que Jesús cumplirá su promesa: “he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. (Mt 28:20)



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