La templanza no tiene buena fama en la sociedad actual. En efecto, puede ser consi-derada la virtud más “anti-americana”.
Nuestra cultura consumista está llena de extremos y excesos. Nos dicen en los anuncios publicitarios que deberíamos querer cosas todo el tiempo, y que deberíamos quererlas en grandes cantidades. Al final, ésta es la cultura que inventó el concepto de “todo lo que pueda comer” en restaurantes y las porciones de alimento “tamaño gigante”.
La vida en esta cultura hace difícil el ejercicio de la templanza. Pero debemos vivirla si queremos progresar en nuestra vida espiritual.
Todas las virtudes cardinales de las que hemos estado hablando en las últimas semanas — prudencia, justicia, fortaleza, y ahora la templanza — deben ir siempre juntas, como ingredientes necesarios para que podamos vivir bien nuestra vida, la vida que Dios pensó para nosotros.
La templanza nos ayuda a mantener nuestros apetitos sensibles bajo control. El Catecismo dice que la templanza dirige nuestros apetitos a lo que es bueno y nos enseña la moderación, la discreción, y el equilibrio en el uso de los bienes creados. (no. 1809)
Muchos de los problemas que las personas tienen son causados por falta de templanza. Pienso especialmente en las adicciones — al alcohol, al tabaco, a las drogas, al juego u otros vicios. También existe el “workaholism”, el amor excesivo al trabajo, que destruye demasiados hogares y familias.
Incluso algunos asuntos del medio ambiente, como la contaminación, y de justicia económica, pueden estar relacionados a nuestra incapacidad colectiva de moderar nuestros deseos y nuestros apegos a los bienes materiales.
Fuimos creados para disfrutar de lo que Dios creó. La templanza nunca puede ser confundida con un concepto triste o melancólico de la vida.
Hemos de considerar el comportamiento de Jesús en los Evangelios. Jesús se nos presenta como una persona que disfrutaba la comida, la bebida y la compañía de sus amigos. Algunos de sus críticos se ofendieron con su manera de ser, y lo acusaron de “comilón y bebedor”, (Lc 7:34) afirmación, que por supuesto, no era cierta. Nuestro Señor sabía que las buenas cosas de este mundo fueron creadas para que las disfrutemos y para satisfacer nuestras necesidades — pero siempre con moderación.
La regla para el católico debe ser la de San Pablo. Él afirmo que cualquier cosa que hagamos, incluyendo la comida y la bebida, debe ser para la gloria de Dios. (1 Cor 10:31)
Entonces, ¿qué cosas prácticas podemos hacer para crecer en esta virtud?
Las actividades del tiempo de Cuaresma — el ayuno, la abstinencia y la limosna — nos pueden ayudar a crecer en templanza.
Por ejemplo, podemos tratar de ayunar un día a la semana o un par de veces cada mes — comiendo una sola comida sencilla, y pan y agua el resto del día. También podemos “ayunar” de otras cosas además de la comida — podemos limitar el uso de la televisión, o la cantidad de mensajes de texto que enviamos, o los juegos de computadora que jugamos.
También podemos intentar comer menos en cada comida, o ducharnos más rápido. Pero cuando hagamos estas pequeñas mortificaciones, recordemos que no las hacemos simplemente por hacerlas; ni renunciamos a algunas cosas porque son “malas”.
Renunciamos a ellas porque lo mejor que podemos hacer con las mejores cosas de la vida es ofrecerlas a Dios — como muestra de nuestro amor y de nuestro deseo de crecer en santidad.
¿Cómo estos actos de amor y donación nos ayudan a crecer en templanza? Nos ayudan a acostumbrarnos a no tener tanto; nos ayudan a aprender a vivir con menos. Esto, en cambio, nos ayuda a moderar nuestros apetitos y apegos por las cosas.
Otra manera de crecer en templanza es aprender a pensar más en los demás y menos en nosotros mismos. Quizás podemos ayudar a una vecina anciana con sus tareas o pasar un tiempo conversando con una persona solitaria o que no puede salir de su casa. Estamos más o menos a la mitad de la Cuaresma. Esforcémonos en las semanas restantes por crecer en la virtud de la templanza, así como en las demás virtudes cardinales. Acojamos en el corazón las palabras de San Agustín, citadas en el Catecismo (no. 1809):
“Vivir bien no es otra cosa que amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el obrar. Quien no obedece más que a Él (lo cual pertenece a la justicia), quien vela para discernir todas las cosas por miedo a dejarse sorprender por la astucia y la mentira (lo cual pertenece a la prudencia), le entrega un amor entero (por la templanza), que ninguna desgracia puede derribar (lo cual pertenece a la fortaleza)”.