|
La verdad de la Eucaristía
Como Católicos tenemos la obligación de asistir a la Santa Misa cada domingo. Pero ¿realmente sabemos a qué vamos cada domingo a Misa? ¿O nos hemos convertido como alguien decía, en “agnósticos que por casualidad van a Misa”?
Un amigo me contaba que un momento importante en su crecimiento en el compromiso de fe fue cuando invitaron a un filósofo agnóstico a dar una conferencia al grupo de católicos donde mi amigo se encontraba.
El agnóstico abrió su conferencia diciendo: “ustedes Católicos no saben lo que dicen... ¡ustedes dicen que Jesús es Dios!” y golpeando la mesa, el conferencista agnóstico repitió “¡ustedes creen que Él es Dios!”
Lo que impresionó a mi amigo, es que un agnóstico parecía comprender mejor que los Católicos quien es Dios — alguien con perfección absoluta, todopoderoso, eterno, creador del universo — y por lo tanto, cuán radical y revolucionaria es nuestra fe.
Pero nosotros no sólo creemos que Jesús es Dios. Creemos que ese Dios hecho hombre se quiso quedar con nosotros permanentemente, quedándose todo Él sustancialmente en la forma del pan y del vino, en dos objetos materiales inermes, que llamamos la Eucaristía.
Precisamente porque los Católicos hemos perdido el sentido de asombro o la conciencia del significado de la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía, los obispos de los Estados Unidos publicamos el 14 de Noviembre del año pasado el documento: Dichosos los Llamados a la Cena del Señor: Preparándonos para recibir dignamente a Cristo en la Eucaristía.
“Como obispos y pastores de los fieles Católicos en los Estados Unidos, reconocemos nuestra responsabilidad de nutrir la fe de nuestros hermanos y hermanas Católicos en este misterio maravilloso — la presencia real de Jesús en la sagrada Comunión” afirmamos en el documento.
En él recordamos no sólo la grandeza indescriptible de este misterio que está en el centro de nuestra vida cristiana, sino que explicamos cómo ser más dignos de recibir este don que no podemos contemplar rutinariamente ni tomar como un “derecho”, sin la conciencia de lo que significa para nosotros.
Ante todo, la Eucaristía es — y nunca insistiremos suficientemente sobre esto — el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo. La iglesia tradicionalmente ha usado la palabra “transubstanciación” para describir el cambio realizado. La sustancia (lo que algo es) de pan y vino es totalmente cambiada en Cuerpo y Sangre de Cristo. Mientras las apariencias de pan y vino permanecen, Cristo resucitado es el que está realmente presente, y por lo tanto es a Él a quien recibimos en la sagrada Comunión — su Cuerpo y Sangre, alma y divinidad.
De esta manera, “Jesucristo resucitado viene a habitar personalmente en nosotros, y entonces podemos participar en su vida y su amistad”. Por eso, no todos, ni siempre, somos dignos de recibir este sacramento.
Como explicamos los obispos, “debemos hacer un esfuerzo por recibir la sagrada Comunión con frecuencia, gratitud y dignidad. Sin embargo, a veces podemos encontrarnos en situaciones que un examen de conciencia ante Dios nos revela que debemos abstenernos de participar en el Cuerpo y la Sangre de Cristo”.
¿Qué nos impide recibir la Comunión? Ante todo el pecado mortal, que constituye un rechazo a la comunión con Dios y destruye la vida de gracia en nosotros.
Objetivamente, algunos pensamientos, acciones y omisiones implican materia pecaminosa grave.
El pecado mortal es un acto que viola la ley de Dios en materia grave y que es realizado con pleno conocimiento y total consentimiento de la voluntad.
Como Católicos, estamos obligados a formar nuestra conciencia en lo que se refiere a lo que es materia grave según la enseñanza de la iglesia.
El documento de los obispos no hace una lista completa de pensamientos y acciones que implican materia grave, pero ofrece algunos ejemplos que deberíamos revisar para asegurarnos que estamos bien preparados para recibir la sagrada Comunión dignamente.
Ciertamente, los Diez Mandamientos, los preceptos de la iglesia y las obras de misericordia, son incomparables guías para discernir sobre nuestra adecuada preparación para recibir a Jesucristo en nuestro corazón.
También es necesario estar en comunión con la iglesia, lo que implica estar en comunión con los demás y con las enseñanzas de la iglesia: “Cuando recibimos la sagrada Comunión nos unimos a Jesús y por lo tanto a los demás”.
Al mismo tiempo, deberíamos tener presente que incluso si sentimos que deberíamos abstenernos de recibir la Eucaristía por cualquier razón, siempre estamos invitados a participar en el sacrificio de la Misa y a unirnos espiritualmente a Jesús en el santísimo sacramento.
En la próxima columna, revisaremos cómo prepararnos mejor para recibir este don de Dios y cómo sacarle el máximo provecho espiritual, especialmente en estos días de Cuaresma, tiempo propicio para nuestra conversión.
Rezo para que los Católicos de San Antonio nos convirtamos cada vez más en una comunidad eucarística, cada vez más digna de recibir la Comunión y cada vez más santificada por ella.
|
|