Un hermoso cuento de Navidad de origen francés relata la imaginaria visita de una mujer de muy avanzada edad al establo donde se encontraba Jesús.
Con la espalda doblada con un gran peso, el rostro profundamente arrugado, la ropa vieja y sucia, la mujer, que parecía tener tantos años como el tiempo, se arrodilló ante el Niño Jesús y depositó un regalo a sus pies, que ni María ni José pudieron ver inicialmente.
De pronto, apenas dejado el regalo, la anciana cobró un brillo que no tenía, el peso de su espalda se enderezó, y llena de lágrimas y alegría, se alejó caminando erguida.
Cuando María y José vieron los regalos, notaron que se trataba de una vieja manzana…
La visitante desconocida había sido Eva, que después de siglos, se había liberado del instrumento con el que cayó en el pecado y trajo el pecado y la muerte a la humanidad.
Una de las razones por la que encuentro ente cuento tan interesante, es porque se refiere a la esencia del misterio de la Redención: el nacimiento del Señor Jesús, que pocas semanas atrás hemos celebrado. Jesús vino a la tierra para redimirnos de nuestros pecados.
La liberación de ese peso que dobla la espalda de toda la humanidad nos llega a los seres humanos a través de un sacramento: el sacramento del bautismo.
El bautismo es el sacramento de la iniciación cristiana por excelencia, y es de tal valor para nuestra vida cristiana que el mismo Señor Jesús, nacido sin pecado, quiso ser bautizado por San Juan, que justamente ha pasado a la historia de nuestra época con el nombre de “el Bautista”.
Jesús comenzó su vida pública con este gesto, el de su bautismo, y luego concluyó su misión en la tierra con un pedido a todos sus discípulos: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
Por eso, desde el mismo día de Pentecostés, la iglesia administra el Bautismo a todo el que cree en Jesucristo. Y porque tiene el poder de liberar al ser humano del pecado original, cualquier persona que no esté aún bautizada puede recibir el bautismo. (Compendio, 257)
Por el contrario, como toda madre que proporciona lo mejor a sus hijos pequeños, para nutrirlos y asegurar su vida y su crecimiento, la iglesia bautiza a los niños porque, como madre, desea lo antes posible ver a sus hijos liberados del poder del maligno y trasladados al reino de la libertad de los hijos de Dios.
En efecto, como nos enseña el Compendio del Catecismo, “el Bautismo perdona el pecado original, todos los pecados personales y todas las penas debidas al pecado; hace participar de la vida divina trinitaria mediante la gracia santificante, la gracia de la justificación que incorpora a Cristo y a su iglesia; hace participar del sacerdocio de Cristo y constituye el fundamento de la comunión con los demás cristianos; otorga las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo. El bautizado pertenece para siempre a Cristo: en efecto, queda marcado con el sello indeleble de Cristo”. (Compendio, 263)
No es pues accidental que en el día que recibimos el bautismo, se nos de un nombre. Dios conoce a cada uno de nosotros por su nombre, y nos habla a cada uno de manera absolutamente personal.
Con el bautismo, el cristiano recibe en la iglesia el nombre propio. Y aunque no es obligatorio, la iglesia alienta que se trate del nombre de un santo, de modo que él o ella ofrezca al bautizado un modelo de santidad y le asegure su intercesión ante Dios.
Nosotros, a diferencia de la Eva del cuento navideño, no necesitamos caminar hasta los pies del pesebre para depositar allí el peso de nuestros pecados. Por medio del maravilloso sacramento del bautismo, nuestros padres y la iglesia lo han hecho por nosotros.
Demos pues gracias a Dios sin cesar por este don, y a la vez, oremos por todos nuestros hermanos y hermanas que en la arquidiócesis van a recibir este sacramento que los unirá al Señor y a su iglesia.