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In this Issue - November 21, 2008
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Señor enséñanos a orar

    En mi experiencia, una de las necesidades más frecuentes y comunes que he encontrado en los fieles es el deseo de aprender a orar. Muchos católicos dicen que no rezan porque simplemente no saben.
    Este deseo es tan viejo como la misma comunidad cristiana. En efecto, el Evangelio de Lucas nos recuerda que uno de los discípulos rogó a Jesús al verle orar: “Maestro, enséñanos a orar.” (Lc 11: 1)
    Jesús respondió con la más grande de todas las oraciones, que en cierta forma resume todo el Evangelio: la oración del Padre Nuestro.

    Ciertamente se trata de una oración conocida por todos los cristianos y repetida con frecuencia.
    Pero tal vez la frecuencia nos ha hecho caer en una rutina que nos ha llevado a perder la conciencia del valor real de esta oración.
    Ante todo, hay que recordar que, a diferencia de otras oraciones de la Iglesia, indiscutiblemente valiosas, ésta es la que nos ha enseñado el mismo Señor; y por ello la iglesia la introduce en los momentos más importantes: en la santa Misa, en la Liturgia de la Horas, en el rosario.

    El Compendio del Catecismo de la Iglesia, cuya lectura sigo alentando entre nuestros fieles, sintetiza clara y bellamente cada una de las sentencias que conforman esta oración tan sencilla y a la vez tan rica de sentido.

    Desde el “Padre Nuestro, que estás en los cielos,” que nos permite reconocer que podemos acercarnos a Dios como un Padre, con plena confianza y ternura de hijos; hasta el “líbranos del mal”, donde pedimos que cada uno de nosotros y la familia humana sea liberada del demonio y de sus obras, el Padre Nuestro nos permite resumir todas las necesidades, anhelos, angustias y esperanzas que existen en nuestro corazón.

    En efecto, no existe inquietud del corazón humano, material, psicológica, emocional o espiritual, que no se vea reflejada en alguna de las siete peticiones que componen el Padre Nuestro: la santificación de su nombre, la venida de su reino, la realización de su voluntad, que nos alimente material y espiritualmente, que nos perdone, que nos defienda ante la tentación y que nos libre de todo mal.
Es por ello que Santo Tomás de Aquino la llamaba “la oración perfecta.”

    Y no sólo porque en ella resumimos todo lo que el ser humano anhela, sino porque, además, el Padre Nuestro es una escuela de oración, que nos lleva a aprender a dialogar con Dios.
    Efectivamente, si nosotros rezamos el Padre Nuestro con atención y desde el corazón, veremos que el llamarlo “Padre” o alguna de sus siete peticiones, resonará de manera especial en nuestro corazón, según los desafíos que estemos viviendo en un momento particular.

    Esa resonancia nos ayuda a identificar más claramente qué debemos pedir, qué necesitamos de Dios; y entonces podremos comenzar a profundizar en nuestro diálogo con Él para pedir más por esa necesidad específica, o alabarlo más por un don específico que hemos recibido.

    Así pues, el Padre Nuestro, rezado de corazón, con la intención y la intensidad con la que lo enseñó Jesucristo, debe transformar nuestras vidas de manera real y llevarnos paso a paso, a que nuestra vida se transforme como se trasformó la de los apóstoles; que con su testimonio, y en muchos casos con su martirio, hicieron que toda su vida se convierta en un “Amén”, es decir, en un firme “Así sea” de lo que rezamos en la oración del Señor.

    Al comenzar este Año Nuevo, tengamos como principal resolución recobrar el verdadero sentido del Padre Nuestro, de tal forma que además de pronunciarlo con nuestros labios, también lo proclamemos con el corazón.

    Pido para que el Señor Jesús, que enseñó con gran amor a sus discípulos a orar, nos conceda el don de vernos transformados cada vez que elevamos la Oración del Señor.




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